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Bienvenida, lentitud
Había tres coches delante de mí en el semáforo. Pasaron dos. El otro y yo nos quedamos para el siguiente. Es que el primero tardó en salir. Estaba hablando con su amigo y no veía el semáforo que se había abierto encima de su cabeza.
Y se puso otra vez en rojo y nadie cruzaba la calle. Sólo cuando el muñeco del peatón empezó a parpadear llegó, contoneándose, el viandante de turno y atravesó, lentamente, con orgullo de raza ibérica y con mirada de perdonavidas, el paso de cebra. Todo ello, ya en rojo su muñeco.
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(No se olviden de colocar el cursor sobre los muñecos, siempre dicen algo)
Y no hubo ni asomo de multa para el primer tardón ni para el segundo repolludo. Sólo que en la radio yo escuchaba un humanísimo anuncio : "Conductor, respete al peatón ... es una consigna de la Dirección General de Tráfico".
Y cuando salí de la ciudad había una señal de 'stop' para incorporarme a la otra carretera. Y había una visibilidad amplísima hacia los dos lados. Vamos que hubiera sobrado con una señal de 'ceda el paso'. Y yo ralenticé y me incorporé.
Pero otro cuerpo, allí adelante, semioculto, incorporó su brazo para pararme. Era el cuerpo de la policía. Les expliqué que había visibilidad perfecta y que quizás la señal estaba mal puesta, que mejor decían a sus superiores que cambiasen la señal en vez de multarme. Pero no me hicieron caso.
Y claro, al final me puse nervioso y creo que un poco más adelante tuve un accidente. Casi no recuerdo.
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Lo que sí recuerdo es que en otros países es obligatorio tener metida la marcha primera antes de ponerse en verde el semáforo. Incluso ponen ámbar para pasar del rojo al verde con el fin de que la gente esté preparada y salgan todos al unísono. Y en otros países el semáforo está del otro lado de la calzada que atraviesa para que se vea mejor. Y da gusto: allí aprendieron a conducir los Fitipaldi, los Piquet, los Senna, Barricello, Zonta, Pizzonia, Massa, di Grassi y otros.
Y me acuerdo de aquel paseo mañanero. Delante del Palacio de Buckingham atravesé con orgullo español la avenida de la Constitución. Cientos de coches venían. El semáforo se puso en verde para mí. Cuando yo, único peatón, lentamente llegaba al centro de la calzada, los semáforos se pusieron a parpadear.
Arrancaron los que estaban a mi espalda pero otros cientos de coches iban aguardando a que el del pecho inflado y de soslayada mirada de torero
alcanzase la otra orilla.
Un indígena observaba desde allí y, a pesar de su congénita discreción, tuvo el valor de acercarse y de espetarme una pregunta retórica: "Usted no es británico, ¿verdad? "
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